Perfectivo

Hoy encontré una nota en un espacio público, me resultó linda y la copié.  Rato después, leí unos poemas de Catulo que hizo AGUILAR.  Me pareció muy curioso.

Ha pasado más de un año para mí; pero lo cierto es que algunas poemas nunca envejecen.  Además de los poemas, otro evento digno de nombrar es la exposición que montó la Biblioteca  Nacional de México.  Letras y voces: una estirpe, una lengua y un destino es una muestra que se organiza con motivo del XV Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española.

La exposición resume de modo muy certero el paso de la lengua española, visto éste como un andar que mucho debe al trabajo que han hecho tanto investigadores como escritores, incluso científicos.  Desde luego que el punto a subrayar es el aporte  y apertura que han dado las Academias americanas y, por supuesto, los poetas al estudio de la lengua que llegó en veleros a nuestro continente.

Aparece una imagen con fotos miniatura de muchos de mis héroes, de principio a fin están las caras de gente que admiro profundamente; juntos en una imagen.  Verlos así de pegados, sin barreras temporales, resalta la diacronía/sincronía de los estudios y obras todas y un sentimiento más, que me llena de alegría, no haberme equivocado de profesión.
Lo pienso en mis adentros: “Nada que sea lengua, diría mejor, me es ajeno”.

 

Es por eso, que he querido compartir ese pedacito de verso que encontré hoy (firmado por MS), como también el poema de Catulo que transcribo tal y como está en el libro que me fue comprado.

Perfectivo

La mujer que amé,
me amó.

Pero todo, incluso es, es perfectivo.

MS

3

Llorad, oh Venus y Cupidos, y todos cuantos
hombres existen sensibles a la belleza y a la
gracia.  Ha muerto el pajarillo de mi amada, el
pajarillo delicias de mi amada, al que ella quería
más aún que a sus pupilas, pues era dulce como
la miel y conocía a su dueña tan bien como una
niña a su madre, y no se apartaba de su regazo,
sino que dando saltitos de acá para allá cons-
tantemente piaba con la cabeza vuelta hacia ella
solamente.  Ahora marcha él por camino tene-
broso al paraje de donde dicen que nadie retor-
na.  En cuanto a vosotras, séais malditas, maldi-
tas tinieblas del Orco, que devoráis todas las co-
sas bellas. ¡Y era tan bello el pajarillo que me
habéis arrebatado! ¡Oh desventura! ¡Pobrecito
pajarillo! Ahora, por tu culpa, los preciosos ojos
de mi amada están hinchados y rojos de tanto
llorar.
(Catulo. Poesías. Introd. trad. y notas de Víctor-José Heerero Llorente. AGUILAR: Madrid. 1967. pp.39-40)

Quizá uno de los más conocidos sea el otro, aquel que dice:

Passe, deliciae meae puellae,
quicum ludere, quem in sinu tenere,
quoi primum digitum dare adpetenti
et acris solet incitare morsus,
cum desidero meo nitenti
carum nescio quid lubet iocari
et solacoilum sui doloris,
credo, ut tum grauis acquiescat ardor,
tecum ludere sicut ipsa possem
et tristis animi leuare curas! 

El pajarillo que amó la amada ha muerto, y con él cualquier cosa que antes haya sido grata; el gozo se torna dolor en los ojos de la más amada.  Aunque si es cierto aquello de los vencejos, también este pajarillo, Lesbia, volverá “siempre”.   No obstante, la voz popular, un sentimiento anónimo señala que no, que aquello que empezó en el pasado allá mismo termina.

“Desgraciado Catulo, deja ya de hacer inconveniencias y lo que ves que ha muerto, dalo por perdido.  Brillaron para ti en otro tiempo días luminosos, cuando a menudo acudías a donde te llevaba una jovencita amada por nosotros cuanto jamás ninguna otra será amada…” (Ibid. p. 44)

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