El decálogo del bibliógrafo

Ya he mencionado el curso hermoso al que asisto.  Es un lugar que me alegra siempre y siempre me llena de mucho entusiasmo, cada vez más, por el trabajo humanístico y sí, también científico, aunque parezca que poco de científico tiene un texto humanista.  Entonces, puede que haya algo más que pretensión o rigor objetivo, hay también metodología, datos, encuestas, cotejos y muchas veces, también entramos al laboratorio de textos, donde se conservan las sustancias que revelan mucho, nada tóxicas y que, contrario a los químicos y otras pociones extravagantes y peligrosas, éstas piden reposar en manos doctas.  Y créanme mucho, he visto a los investigadores, ingresar con bata de algodón, guantes y cubre bocas a los fondos y archivos; razonan, vinculan, descubren, como el nuevo inquilino que levanta la sábana de los muebles, reliquias que son valiosas no sólo por su edad, sino también por su contenido.

Hoy hubo otra clase excelente; llena de datos que, sin querer caer en la falsedad, me conmueven; he pensado que es el café que ofrecen ahí.  Me siento impresionada con tanta labor, me atrapan las sutilezas de un texto; las grandes arquitecturas están sobre una base hecha de sutilezas. Últimamente, me ha hecho prisionera la historia del libro y la transmisión textual.  Cada duda resuelta viene acompañada de otras más que rápidamente encuentran un lugarcito, a manera de escrúpulo, que me atosiga para bien mío.

La profesora que impartió la sesión de hoy nos recomendó Disquisiciones bibliográficas  de Juan Bautista Iguíniz, especial énfasis en el capítulo “El éxodo de documentos y libros mexicanos al extranjero”.  Dos de mis, más que compañeros, amigos aprovecharon para añadirlo a su biblioteca privada; a mí también generosamente me hicieron poseedora de los mismos que adquirieron.  Son muy buenos conmigo como compinches y como maestros; son el huehuetlatolli de mis inquietudes.  Debo confesar que hay conversaciones en las que pienso que de veras no sé nada de nada de nada.  Y sí.

Después de adquirido, comencé a picotear el libro según mis malos hábitos en la mesa: comenzando por el postre.  Si, como se dice, “se deja lo mejor para el final”, entonces siempre he comenzado por la parte más develadora del texto.  Me gusta mucho comenzar  a hojear por detrás hasta llegar a las portadillas. Pues, sin más mareos, el desorden me llevó a un capítulo “El decálogo del bibliógrafo”, el cual comparto aquí.  Creo que los números son exquisitos, quizá pudiera pensarse que hasta rayan en lo fanático, “porque uno puede hacer con sus libros lo que quiera”; me parece que eso es muestra de un pensamiento individualista, que observa más en los libros un objeto valioso sólo en su contenido, mas pocas veces presta atención a su forma, su textura y material.  Tengo una intuición, probablemente errónea, pero la emito: Mei libri illi libri erit.

Estamos alejadísimos de pensar que el texto que ahora leemos pasará de manos a manos, porque hay suficientes editoriales y hasta libros multimedia que pueden satisfacer la demanda, pero ¿en qué se basa la conservación de nuestros clásicos? Ya lo dijimos: En una sutileza.  Aquí diez de ellas:

DECÁLOGO DEL BIBLIÓFILO

I

Sé cauto en la elección de tus libros y no emplees tu dinero en la adquisición de obras mediocres y mucho menos nocivas, porque la vida es corta aun para hojear parte de los libros buenos.

II

Ten presente que el valor de una biblioteca no consiste en el número, sino en la calidad de sus obras y que el problema más difícil que tiene que resolver el bibliófilo es el de formarse una biblioteca selecta con el menor número de libros posibles.

III

No te fíes en tus adquisiciones únicamente de catálogos y boletines de libreros;  guíate por las opiniones de críticos serios, y mejor aún por los consejos de eruditos y especialistas.

IV

No vistas un libro de un peso con pasta de diez, y viceversa, ni lo entregues en manos de cualquier artesanos, porque una mala encuadernación hace rebajar y hasta perder el mérito del libro más valioso.

V

No estampes tu sello o firma en las hojas de tus libros; la mejor marca de propiedad es el ex-libris, que en vez de afearlos los adorna.

VI

No guardes tus libros en cómodas o estantes cerrados, porque el aire les es necesario para su conservación, y procura tenerlos al cubierto del sol, del polvo, de la humedad y de los animales, y lejos del agua, del fuego, de la tinta y de toda suciedad.

VII

Trata los libros con el cuidado que exige todo objeto precioso y delicado; no mutiles ninguna de sus partes; abre sus pliegos con una plegadera y no con otros objetos; no coloques sobre ellos, cuando estén abiertos, otros libros; no los emplees en usos ajenos  a su objeto, y menos los profanes sentándote sobre ellos.

VIII

Úsalos con toda delicadeza y respeto, anótalos con discreción; jamás los tomes con las manos sucias; no te mojes los dedos para voltear sus hojas; no introduzcas entre ellos lápices u otros objetos, ni dobles sus esquinas a guisa de señales.

IX

Sé tu propio bibliotecario y haz por tu mano el catálogo de tus libros, lo que te dará mejor conocimiento de ellos y te facilitará notablemente su consulta.

X

No pongas tus libros en manos de enfermos, porque son transmisores de enfermedades contagiosas, ni tampoco los prestes, porque si acaso vuelven a tu poder, será maltratados o estropeados.

Juan B. Iguíniz. Disquisiciones bibliográficas. Autores, libros, bibliotecas, artes gráficas. México: UNAM. 1987. pp.95-6

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s