Notita rápida callejera

Todo el mes de noviembre y buena parte de diciembre, reposando un poco durante unas breves vacaciones, me di a la tarea de escribir algo acerca de la Revolución mexicana.  Sin embargo, una obsesión ha detenido mi trabajo como “borrador”.  Al mismo tiempo, he dejado un poco las redes sociales para disfrutar un poco más lo que tengo cerca (un amante, mi hermana, El derecho a la pereza y un disco recientemente adquirido de Muddy Waters).

Esta misma “purga” de redes sociales me ha permitido adquirir libros nuevamente en la calle.  El formato de venta en internet, lo digo sin duda, es vicioso para mí. Además, siempre hay algo por ver.  Aunque no niego que a veces aparecen verdaderas joyas, la gran mayoría de textos se consiguen.

Hoy que he reabierto una cuenta, precisamente para adquirir un libro que ha venido desde España en su primer traducción al español, me doy cuenta que es cierto, por internet se venden libros en su mayoría accesibles en su búsqueda; desde luego que muy subidos de precio.  Hoy por ejemplo vi un Manual del distraído cuya puja comenzaba en 100, siendo que, justamente desde noviembre, lo he visto en el mismo puesto de siempre a 50 pesos. Ay, vaya locura.

LA JOYA CALLEJERA

Cuando Alatorre hace una presentación a su aclamadísimo 1001 años de la lengua española, habla de un libro previo a la edición que se lee en la actualidad.  Ese libro fue hecho, parafraseando un poco, para ciertas personas que eran miembros de un banco.  Dice que tenía muchas ilustraciones y tenía un formato especial.  Esa edición fue única y no podía costearse ya como un libro para estudiantes; “edición de lujo”, creo que se refiere así a ella.  Desde luego que, cuando compré mis 1001 años, no iba a pagar una edición de lujo.  La idea, además, era que este libro sirviera como una introducción y una amena aproximación a la historia de la lengua más amada por nosotros.

Andando en la calle, llegué a ver varias ediciones de este texto, pero que no eran sino reimpresiones o nuevas ediciones de la versión ya por todos conocida.  No obstante, siempre llega el día.

El libro, parado en sus dos piernitas, hechas de contorno de tapas, estaba esperándome en un callejoncito.  Vestido de gala y hermoso, con rostros asomados por las ventanas que se hacían entre las letras del título: LOS 1001 AÑOS DE LA LENGUA ESPAÑOLA. ¿Es el de Alatorre?, pregunté a quemarropa. Sí, me respondieron, es la princeps. Y estarán de acuerdo que cuando alguien dice princeps (editio princeps) aparece un silencio marcado.  Cualquier precio en ese momento era elevado para mi bolsillo, pues sólo llevaba lo justo para regresar a casa. Pensé que mejor idea sería buscarlo en internet; y fue la mejor de mis ideas, pues de lo contrario no lo hubiera comprado  con el amable señor del callejón.
El precio de internet triplicaba el precio que me daban, además de estar un tanto descuidado de las solapas doradas.

Si no es simulacro, mantengan los ojos bien abiertos; las grandes ediciones gustan de dormir reservadas y en silencio.  Y a veces, para nuestra sorpresa, también aparecen en línea y ahí, en internet, nunca jamás será simulacro.  Por el contrario, es quizá un anuncio de “adquiéreme ahora o calla para siempre”.

Perfectivo

Hoy encontré una nota en un espacio público, me resultó linda y la copié.  Rato después, leí unos poemas de Catulo que hizo AGUILAR.  Me pareció muy curioso.

Ha pasado más de un año para mí; pero lo cierto es que algunas poemas nunca envejecen.  Además de los poemas, otro evento digno de nombrar es la exposición que montó la Biblioteca  Nacional de México.  Letras y voces: una estirpe, una lengua y un destino es una muestra que se organiza con motivo del XV Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española.

La exposición resume de modo muy certero el paso de la lengua española, visto éste como un andar que mucho debe al trabajo que han hecho tanto investigadores como escritores, incluso científicos.  Desde luego que el punto a subrayar es el aporte  y apertura que han dado las Academias americanas y, por supuesto, los poetas al estudio de la lengua que llegó en veleros a nuestro continente.

Aparece una imagen con fotos miniatura de muchos de mis héroes, de principio a fin están las caras de gente que admiro profundamente; juntos en una imagen.  Verlos así de pegados, sin barreras temporales, resalta la diacronía/sincronía de los estudios y obras todas y un sentimiento más, que me llena de alegría, no haberme equivocado de profesión.
Lo pienso en mis adentros: “Nada que sea lengua, diría mejor, me es ajeno”.

 

Es por eso, que he querido compartir ese pedacito de verso que encontré hoy (firmado por MS), como también el poema de Catulo que transcribo tal y como está en el libro que me fue comprado.

Perfectivo

La mujer que amé,
me amó.

Pero todo, incluso es, es perfectivo.

MS

3

Llorad, oh Venus y Cupidos, y todos cuantos
hombres existen sensibles a la belleza y a la
gracia.  Ha muerto el pajarillo de mi amada, el
pajarillo delicias de mi amada, al que ella quería
más aún que a sus pupilas, pues era dulce como
la miel y conocía a su dueña tan bien como una
niña a su madre, y no se apartaba de su regazo,
sino que dando saltitos de acá para allá cons-
tantemente piaba con la cabeza vuelta hacia ella
solamente.  Ahora marcha él por camino tene-
broso al paraje de donde dicen que nadie retor-
na.  En cuanto a vosotras, séais malditas, maldi-
tas tinieblas del Orco, que devoráis todas las co-
sas bellas. ¡Y era tan bello el pajarillo que me
habéis arrebatado! ¡Oh desventura! ¡Pobrecito
pajarillo! Ahora, por tu culpa, los preciosos ojos
de mi amada están hinchados y rojos de tanto
llorar.
(Catulo. Poesías. Introd. trad. y notas de Víctor-José Heerero Llorente. AGUILAR: Madrid. 1967. pp.39-40)

Quizá uno de los más conocidos sea el otro, aquel que dice:

Passe, deliciae meae puellae,
quicum ludere, quem in sinu tenere,
quoi primum digitum dare adpetenti
et acris solet incitare morsus,
cum desidero meo nitenti
carum nescio quid lubet iocari
et solacoilum sui doloris,
credo, ut tum grauis acquiescat ardor,
tecum ludere sicut ipsa possem
et tristis animi leuare curas! 

El pajarillo que amó la amada ha muerto, y con él cualquier cosa que antes haya sido grata; el gozo se torna dolor en los ojos de la más amada.  Aunque si es cierto aquello de los vencejos, también este pajarillo, Lesbia, volverá “siempre”.   No obstante, la voz popular, un sentimiento anónimo señala que no, que aquello que empezó en el pasado allá mismo termina.

“Desgraciado Catulo, deja ya de hacer inconveniencias y lo que ves que ha muerto, dalo por perdido.  Brillaron para ti en otro tiempo días luminosos, cuando a menudo acudías a donde te llevaba una jovencita amada por nosotros cuanto jamás ninguna otra será amada…” (Ibid. p. 44)

El decálogo del bibliógrafo

Ya he mencionado el curso hermoso al que asisto.  Es un lugar que me alegra siempre y siempre me llena de mucho entusiasmo, cada vez más, por el trabajo humanístico y sí, también científico, aunque parezca que poco de científico tiene un texto humanista.  Entonces, puede que haya algo más que pretensión o rigor objetivo, hay también metodología, datos, encuestas, cotejos y muchas veces, también entramos al laboratorio de textos, donde se conservan las sustancias que revelan mucho, nada tóxicas y que, contrario a los químicos y otras pociones extravagantes y peligrosas, éstas piden reposar en manos doctas.  Y créanme mucho, he visto a los investigadores, ingresar con bata de algodón, guantes y cubre bocas a los fondos y archivos; razonan, vinculan, descubren, como el nuevo inquilino que levanta la sábana de los muebles, reliquias que son valiosas no sólo por su edad, sino también por su contenido.

Hoy hubo otra clase excelente; llena de datos que, sin querer caer en la falsedad, me conmueven; he pensado que es el café que ofrecen ahí.  Me siento impresionada con tanta labor, me atrapan las sutilezas de un texto; las grandes arquitecturas están sobre una base hecha de sutilezas. Últimamente, me ha hecho prisionera la historia del libro y la transmisión textual.  Cada duda resuelta viene acompañada de otras más que rápidamente encuentran un lugarcito, a manera de escrúpulo, que me atosiga para bien mío.

La profesora que impartió la sesión de hoy nos recomendó Disquisiciones bibliográficas  de Juan Bautista Iguíniz, especial énfasis en el capítulo “El éxodo de documentos y libros mexicanos al extranjero”.  Dos de mis, más que compañeros, amigos aprovecharon para añadirlo a su biblioteca privada; a mí también generosamente me hicieron poseedora de los mismos que adquirieron.  Son muy buenos conmigo como compinches y como maestros; son el huehuetlatolli de mis inquietudes.  Debo confesar que hay conversaciones en las que pienso que de veras no sé nada de nada de nada.  Y sí.

Después de adquirido, comencé a picotear el libro según mis malos hábitos en la mesa: comenzando por el postre.  Si, como se dice, “se deja lo mejor para el final”, entonces siempre he comenzado por la parte más develadora del texto.  Me gusta mucho comenzar  a hojear por detrás hasta llegar a las portadillas. Pues, sin más mareos, el desorden me llevó a un capítulo “El decálogo del bibliógrafo”, el cual comparto aquí.  Creo que los números son exquisitos, quizá pudiera pensarse que hasta rayan en lo fanático, “porque uno puede hacer con sus libros lo que quiera”; me parece que eso es muestra de un pensamiento individualista, que observa más en los libros un objeto valioso sólo en su contenido, mas pocas veces presta atención a su forma, su textura y material.  Tengo una intuición, probablemente errónea, pero la emito: Mei libri illi libri erit.

Estamos alejadísimos de pensar que el texto que ahora leemos pasará de manos a manos, porque hay suficientes editoriales y hasta libros multimedia que pueden satisfacer la demanda, pero ¿en qué se basa la conservación de nuestros clásicos? Ya lo dijimos: En una sutileza.  Aquí diez de ellas:

DECÁLOGO DEL BIBLIÓFILO

I

Sé cauto en la elección de tus libros y no emplees tu dinero en la adquisición de obras mediocres y mucho menos nocivas, porque la vida es corta aun para hojear parte de los libros buenos.

II

Ten presente que el valor de una biblioteca no consiste en el número, sino en la calidad de sus obras y que el problema más difícil que tiene que resolver el bibliófilo es el de formarse una biblioteca selecta con el menor número de libros posibles.

III

No te fíes en tus adquisiciones únicamente de catálogos y boletines de libreros;  guíate por las opiniones de críticos serios, y mejor aún por los consejos de eruditos y especialistas.

IV

No vistas un libro de un peso con pasta de diez, y viceversa, ni lo entregues en manos de cualquier artesanos, porque una mala encuadernación hace rebajar y hasta perder el mérito del libro más valioso.

V

No estampes tu sello o firma en las hojas de tus libros; la mejor marca de propiedad es el ex-libris, que en vez de afearlos los adorna.

VI

No guardes tus libros en cómodas o estantes cerrados, porque el aire les es necesario para su conservación, y procura tenerlos al cubierto del sol, del polvo, de la humedad y de los animales, y lejos del agua, del fuego, de la tinta y de toda suciedad.

VII

Trata los libros con el cuidado que exige todo objeto precioso y delicado; no mutiles ninguna de sus partes; abre sus pliegos con una plegadera y no con otros objetos; no coloques sobre ellos, cuando estén abiertos, otros libros; no los emplees en usos ajenos  a su objeto, y menos los profanes sentándote sobre ellos.

VIII

Úsalos con toda delicadeza y respeto, anótalos con discreción; jamás los tomes con las manos sucias; no te mojes los dedos para voltear sus hojas; no introduzcas entre ellos lápices u otros objetos, ni dobles sus esquinas a guisa de señales.

IX

Sé tu propio bibliotecario y haz por tu mano el catálogo de tus libros, lo que te dará mejor conocimiento de ellos y te facilitará notablemente su consulta.

X

No pongas tus libros en manos de enfermos, porque son transmisores de enfermedades contagiosas, ni tampoco los prestes, porque si acaso vuelven a tu poder, será maltratados o estropeados.

Juan B. Iguíniz. Disquisiciones bibliográficas. Autores, libros, bibliotecas, artes gráficas. México: UNAM. 1987. pp.95-6

Los dionisios

He descubierto, quizás de modo muy ingenuo, que los sitios que creamos para ser uno mismo virtual, la versión en línea de nosotros, es el nicho de el yo en su expresión más descabellada. Ojalá no sincera, aunque lo parece.

Es el otro yo; la fiesta bacanal ocurre en estos lugares; el efecto son nuestras palabras, muchas veces vacías, sin sentido, heridas de presunción, de señalamientos bizantinos. Pensamientos ciegos que desgraciadamente no fueron mudos.
He decidido no leerlos más y contrarrestarlos con un yo que sea más bien un nosotros; con voces que sean significativas y limpias de inutilidad.  Porque la palabra crea, también destruye; no obstante, y según Anaximandro, creo que esa destrucción deviene de una creación, pues sólo por opuestos habrá movimiento.

Además, no tengo nada que presumir; creo que mis actos han lastimado tactos y secretos dichos con palpitaciones como contrapunto de un silencio que es casi sagrado.
Quiero que mi bacanal sea más sanadora, que cuchilla.

Compartiré pensamientos con los que concuerdo, que también me molestan, pero que considero trascendentes por su valor universal, profundo y sobre todo humano.  Elijo estas estilizaciones; porque éstas sí enriquecen nuestra percepción vital e intelectual. El arte no desdeña el intelecto; siendo éste mi ritmo, dejo este poema de Miguel de Unamuno, a quien debo mucho:

Credo poético

Piensa el sentimiento, siente el pensamiento;
que tus cantos tengan nidos en la tierra,
y que cuando en vuelo a los cielos suban
tras las nubes no se pierdan.

Peso necesitan, en las alas peso,
la columna de humo se disipa entera,
algo que no es música es la poesía,
la pesada sólo queda.

Lo pensado es, no lo dudes, lo sentido.
¿Sentimiento puro? Quien en ello crea,
de la fuente del sentir nunca ha llegado
a la vida y honda vena.

No te cuides en exceso del ropaje,
de escultor, no de sastre es tu tarea,
no te olvides de que nunca más hermosa
que desnuda está la idea.

No el que un alma encarna en carne, ten presente,
no el que forma da a la idea es el poeta
sino que es el que alma encuentra tras la carne,
tras la forma encuentra idea.

De las fórmulas la broza es lo que hace
que nos vele la verdad, torpe, la ciencia;
la desnudas con tus manos y tus ojos
gozarán de su belleza.

Busca líneas de desnudo, que aunque trates
de envolvernos en lo vago de la niebla,
aun la niebla tiene líneas y se esculpe;
ten, pues, ojo, no las pierdas.

Que tus cantos sean cantos esculpidos,
ancla en tierra mientras tanto que se elevan,
el lenguaje es ante todo pensamiento,
y es pensada su belleza.

Sujetemos en verdades del espíritu
las entrañas de las formas pasajeras,
que la Idea reine en todo soberana;
esculpamos, pues, la niebla.

El latín


Confieso que soy una persona tímida y que probablemente eso me llevará a la ruina o a lo mejor ya estoy en ella.  Entonces, además de timidez, añadiré enfermedad; para no pensar en ello y deprimirme me dedico a hacer tareas que disfruto mucho.  Últimamente he leído cuentos que llegan a mis manos sin querer (en alguna revista, una publicación compartida en páginas virtuales, compilaciones) o queriendo.  Aunque eso sí, la que siempre me provoca un estado más íntimo y productivo con mi ánimo, es el latín.

El latín es lo que dicen “lengua muerta”, pero yo la tengo muy viva y le guardo el más profundo cariño; esta lengua me condujo a experiencias estéticas y vitales que me hicieron crecer y aventurarme en actividades que desconocía.  Ahora quiero compartir un poema que viene en un libro llamado Poesía neolatina en México en el siglo XVI de José Quiñonez Melgoza.  Por ahora tomo un curso muy enriquecedor para mí y revisé que uno de los temas que veremos será neolatín. Será muy gratificante para mí ahondar en este término posteriormente, por ahora, para quitarme la inquietud (y hasta eso de “persona tímida”) comparto este poema; en su momento vendrá una digna traducción:

Glyconicum carmen eiusdem [fratis Stephani Salazari] (1554)

Garzam vomite et Indicum

aurum, Croesi et A pollinis

pulchri sideris, diuites.

Iam enim ex Indica fertilis

messe fructusque pulchrior,

Pactoli, Tagi arenaque

surgit, quam tulit clarus hic

Alphonsus, Heliconis et

Pindi prodigus incola.